Menu
Mar del Plata - 
domingo 23 de julio del 2017 - T
23 julio 2017 - T

Dr. Pablo M. Del Cid MP 93383

lunes, 3 de julio, 2017 - 13:14 hs.
Elogio del silencio

Hacen falta 2 años para aprender a hablar y 60 para callarse, decía Hemingway ya en la última etapa de su vida, abrumado por la depresión, la hemocromatosis y el alcoholismo.


Estamos embutidos en una cultura que hizo del lenguaje hablado no solo una forma de comunicación, sino también de catarsis y sublimación del dolor interior. Basta con sentarse un rato en cualquier plaza o bar de la ciudad para darse cuenta que casi todos los vecinos ocasionales hablan hasta por los codos.


"Hablando se entiende la gente", "hablar hace bien", son algunas de las aseveraciones de la cultura popular, despreciando de alguna manera una de las máximas de la naturaleza, que el silencio es salud.


Si, es cierto que contar lo que a uno le pasa está bueno y desahogarse es necesario a veces, pero hay que rescatar el poder de no hacerlo constantemente. Cuando se cierra la boca, se abren los oídos a lo externo y fundamentalmente a los procesos internos, ésos que van subterráneamente socavando el bienestar.


Jon Kabat Zin, fundador del Center for Mindfulness de la Universidad de Massachusetts, contaba que cuando los visitaban otros docentes de la universidad se quedaban sorprendidos de ver un grupo de personas sentadas, en silencio, sin hacer nada aparentemente. "Y qué se supone que está haciendo esta gente" preguntaban, a lo que él respondía con una enorme sonrisa benévola: "Curándose".

   


Columnas anteriores
sábado, 21 de enero, 2017 - 11:33 hs.

"No te quiero más" dijo, y las palabras golpearon sobre mi cabeza como un balde lleno de piedras. Hubo unos instantes de silencio; ella para medir el impacto de la confesión, yo con la esperanza que se tratase de una broma. Pero no, era verdad, no me quería más y tuve que salir de su vida para siempre.


La odié con todas mis fuerzas y más aún cuando a los pocos días la vi, tan hermosa como era, compartiendo sus labios con otro. Pasó mucho tiempo hasta que entendí, después de darle mil vueltas al asunto, que nunca la había amado realmente y que el dolor y enojo de aquella ruptura eran producto de un orgullo herido más que de un corazón destrozado. 


¿Cuánto de una relación es necesidad y cuánto amor? ¿Hay alguna manera de darse cuenta fácil y rapidamente la diferencia? Sí, hay una manera de hacerlo. Las relaciones que se establecen y mantienen por necesidad de alguna o ambas partes se caracterizan porque no se puede dejar ir al otro.


La sola idea de estar sin esa persona o no tener control sobre ella aterra, acerca a un abismo que se percibe como una amenaza para la subsistencia y genera un comportamiento dependiente y obsesivo que termina destrozando lo poco o mucho que se pueda rescatar de una relación.


El que ama de verdad, pone la libertad de la pareja por encima de su propio deseo o necesidad de compañía y no hay vuelta que darle. Por más justificaciones, la cosa termina en el mismo punto, si no puedo dejarte ir es porque te necesito, no porque te amo, si no puedo dejar de controlarte es porque mi bienestar depende de vos, no porque deseo el tuyo.


Si dependés del amor de alguien es bastante claro que tu problema es un miedo gigantesco a estar solo. Sin embargo, cuando estás obnubilado por emociones fuertes como el enojo o los celos, se hace difícil darse cuenta de ello. En ese caso, apreciar la diferencia entre amor o necesidad es imposible y empezás a volver loco al otro persiguiéndolo y actuando como un psicópata. 


Todo lo que no se puede soltar en algún momento se transforma en una carga que a medida que pasa el tiempo pesa más y más. Es duro asumir que uno tiene necesidades, es mejor disfrazar esa realidad pensando que el apego es amor porque el primero tiene mala prensa y el segundo es una cualidad valiosa.


Nadie, ni personas ni relaciones, pueden florecer sanamente a la sombra de cubrir solo las necesidades de la partes involucradas e indefectiblemente estarán condenados al sufrimiento y al fracaso. No hay que tener miedo de asumir las propias flaquezas y debilidades, porque de no hacerlo se anula la única manera posible de crecer que es superándolas.

jueves, 12 de enero, 2017 - 09:59 hs.

Vas a vivir 76.3 años, más o menos, según la OMS, si te quedás en la Argentina. Si te mudás a Chile ya, capaz alcanzás los 80; y si tenés el valor suficiente como para dejar todo e irte a vivir a Japón, con suerte llegás a los 86. Pero te las tenés que tomar ahora, ya, no perder un minuto más de tiempo.


Esos son algunos de los números que publicó la entidad a fines del año que pasó y te dejan pensando. Porque cuando los trasladás a tu vida te das cuenta que ya te comiste más de la mitad del menú (en mi caso, al menos) y no es moco de pavo mirar para adelante y ver que estás en tiempo de descuento. Se te frunce el entrecejo, como dice el conocido relator. Dan ganas de contar las provisiones y se hace inevitable repasar debes y haberes.


Pero hay otro dato interesante, como es que merodeando los 50 años el mejor predictor de sobrevida es la fortaleza de los lazos sociales que tenés. Es decir que no depende de dónde vivas, qué tipo de dieta hagas, cuanta actividad física tengas, o cuanto estrés te comas todos los días. El factor que inclinará definitivamente la balanza será la calidad (no la cantidad) de tus relaciones, ni más ni menos.


¿Sirve de algo toda esta numerología estadística? Creo que sí, porque si le prestás atención te ayuda a repartir las cargas y administrar mejor el esfuerzo ya que todos tenemos energía limitada; no podemos andar a full porque pereceríamos haciendo la mayoría de las cosas mal. Así la cuestión, las 10 horas diarias que pasas trabajando de poco te van a servir cuando te estén velando a cajón cerrado antes de cumplir 70. O alguna de las metas doradas que te pusiste "de joven" se transformarán en algo insignificante si no tenés alguien que valga la pena con quien compartirlas.


Para la gran mayoría de los que pasamos la mitad de la vida, la mudanza con familia incluida a otros destinos es algo poco probable al menos. Nos queda la esperanza de construir relaciones sanas y duraderas que nos sirvan de sostén para encarar la última etapa del viaje lo mejor posible.


Así que la próxima vez que debas decidir si hacer un par de horas extras para ganar un mango más o salir a tomar un helado con tus hijos caminando por la costanera, no lo dudes un segundo y apurate a buscar 3 kilos de dulce de leche granizado para compartir.

lunes, 26 de diciembre, 2016 - 09:12 hs.

No me gustó nada la imagen que me devolvía el espejo. Estaba hacía un rato allí parado desnudo y mientras más tiempo pasaba, menos me identificaba con lo que veía. Peor aún no solo no me identificaba sino que además comenzaba a ponerme ansioso, con ganas de salir corriendo sin mirar atrás.


Eso me pasó hace unos cuantos años atrás y dio origen a un ejercicio que le enseño a mis pacientes y que consiste justamente en ubicarte solo frente a un espejo lo suficientemente amplio como para abarcar toda la figura y detectar que sensaciones surgen a partir de esa observación minuciosa que debe empezar y terminar en los ojos.


Pasa que a veces uno anda tan perdido y tan al mango que se olvida siquiera quién es o qué quería hacer de su vida. En la vorágine de actividades que debemos completar nos vamos metiendo en un laberinto donde de pronto te cuesta recordar lo simple, primario y esencial.


En ese estado es fácil confundirse, es fácil creer que uno es algo que en realidad no es. Porque cuando te saturás, la percepción de vos mismo se desdibuja, se torna borrosa y de repente comenzás a creer que sos ese que porta un cuerpo (tu cuerpo), o que sos ese que maneja el BMW (mejor auto del planeta, lejos), o ese que tiene la casa más grande del barrio.


Te puede pasar tambien estando así de confuso que te creas que sos alguien que viste y que realmente no existe, un personaje de cine o televisión, un ídolo de la canción o algo así (yo me estoy pareciendo cada vez más Horacio Guaraní, lamentablemente). Y esos personajes que se te meten por los ojos son menos reales aún que la imagen distorsionada que podés crear de vos mismo en tu cabeza.


No es un gran problema, pensarán algunos, porque si me visto como Justin Bieber, me hago el mismo peinado y camino igual capaz que algunas chicas se la creen y me dan bola solo por ser parecido o "tener onda". Pero la realidad es que cuando no sabés quien sos estás al horno y en serio riesgo de quedarte atrapado para siempre en ese laberinto impersonal, aburrido y oscuro.


Buscarnos y encontrarnos es literalmente un viaje al interior que estará lleno de obstáculos y dificultades. Tendrá trayectos luminosos como el día más bonito de la primavera y otros oscuros como la noche más aciaga y durante el trayecto encontrarás personajes reales y otros que habitan solamente en tu cabeza y todos tratarán de influenciarte y desviarte de tu meta. Por eso para encarar ese viaje hace falta coraje porque sin él, no llegás ni a la primera estación de servicio.


Para aquellos que elijan ese camino les aguarda un tesoro magnífico al final. Los está esperando su propia esencia, su verdadero yo, ese que no necesita tetas nuevas, ni autos caros, ni ropa fina, ni lujos exóticos. Ese que es independiente de lo que hacés para vivir porque vive en la casa del ser no del hacer y en esa casa las cosas tienen sentido sin buscarlo, tienen magia que desborda los sentidos a cada momento.


Viene el fin de año y mi deseo para estas fiestas es que muchas más personas se animen a mirarse al espejo y logren vencer las barreras sociales y culturales de época que los separan de su verdadero yo.


La felicidad no es un premio que le toca a unos pocos de vez en cuando, no son momentos que a veces y si se alinean los planetas podrás disfrutar. Mentira, la felicidad es un estado de la mente que se construye todos los días desde la esencia de cada uno y que está esperándonos para que podamos concretar la verdadera razón de nuestra existencia: AMAR.


Felices fiestas!!!

sábado, 10 de diciembre, 2016 - 19:47 hs.
Pequeñas acciones tienen el poder de alterar el rumbo de una vida.

Una amiga psicologa y colega en la práctica y difusión de mindfulness me dijo hace tiempo, cada vez que ejecutamos una acción, lanzamos una flecha hacia arriba que en el futuro te puede alcanzar.

Por eso es tan importante cuidar lo que hacemos y sobre todo decimos, porque la palabra es una acción de las más poderosas.
Las personas que llegan a las encrucijadas y eligen mal que acciones ejecutar, pagan las consecuencias en el corto o largo plazo indefectiblemente.

Pero cómo saber que hacer o decir? La frase mágica es METER UNA PAUSA.

Si desarrollamos esta capacidad antes de cada acto, es probable que el camino que tomemos sea el más correcto o el que más conviene.
Muchas veces durante el día, cuando me encuentro con alguien, cuando voy al kiosco, cuando estoy pensando que hacer, cuando tengo que tomar una decisión trascendente. Meter pausa puede ser la diferencia entre un éxito rotundo o un fracaso estrepitoso.

Y cómo se mete pausa? Simple, recordando que entre el estímulo que me provoca y la respuesta que voy a dar hay un espacio; ese espacio es donde tengo la oportunidad de parar. A veces es fácil verlo, otras pasa desapercibido, pero siempre está.

Las pequeñas o grandes acciones que salen de una pausa son acertivas, es decir dan en el blanco justo.

No nos encontrarán en el futuro como esas flechas que lanzamos cuando actuamos sin escuchar la voz de la intuición (inmensamente más poderosa que el pensamiento).

Pausa para ir más rápido, pausa para vivir mejor, pausa para equivocarme menos, pausa para no hacer daño, pausa para tener más éxito, pausa para ser más feliz.
miércoles, 9 de noviembre, 2016 - 11:29 hs.
Habitualmente pensamos en salud o en estar saludable como un estado en el cual hay ausencia de enfermedad. "Si no estoy enfermo, significa por lógica que estoy sano", es el razonamiento que con cierto sentido se desprende naturalmente. Sin embargo el estar saludable implica mucho más que la mera ausencia de una patología.

Si nos remitimos a la definición de la Organización Mundial de la Salud veremos que dice: "Es un estado de completo bienestar físico, mental y social y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades".

Queda claramente expresado que el concepto es mucho más amplio de lo que estamos acostumbrados a considerar, porque incluye no solo lo referente al cuerpo y la mente sino también al entorno social de la persona.

¿Cómo podríamos considerarnos sanos entonces si vivimos en una sociedad constantemente atravesada por la violencia, el atropello de los derechos del otro, la indiferencia hacia los más necesitados, el individualismo y la hipocresía? Por más que tu cuerpo este bien y tu mente funcione, la enfermedad que nos embarga en la actualidad es de un orden mucho más complejo y significativo.

Hace poco hablaba con un paciente quien luego de hacer un buen negocio puede decir que no necesita trabajar más para vivir. Me comentaba que a pesar de haber logrado su objetivo no ha percibido mejoría significativa en su calidad de vida.

Y ¿cuál pensás es la razón? pregunté, a lo que respondió: "Sigo padeciendo los mismos problemas que tenía antes, porque el tránsito es un desastre, porque me tengo que pelear con franelitas y limpiavidrios, porque mis hijos salen de noche y no sé si vuelven, porque la incertidumbre que reina desde hace años en nuestro país no me deja dormir en paz". Todas las razones enumeradas por mi paciente no son estrictamente de índole personal, pero lo involucran al punto tal de hacer que su vida sea de regular para abajo. ¡Y eso que estamos hablando de alguien que está “salvado” económicamente! Imaginate el resto.

En la medida que no entendamos todos y más los funcionarios de turno que la salvación no se dará de manera individual sino colectiva, seguiremos padeciendo estos males que aunque no se notan directamente y de inmediato, nos van socavando la posibilidad de desarrollar una vida plena y feliz, que es el mejor parámetro de buena salud.
AUDIOS - RADIO BRISAS

Graciela Ocaña en "Plan Luz"
Gabriel Mestre en "Brisa Primera Edición"
Berenice Gómez en "Brisas Primera Edición"
Mariano Pinedo en "Embón Registrado"


VIDEO DESTACADO